El fin de semana pasado fue especial para mí. Fue mi cumpleaños.

En años pasados en el momento en el cual te escribo esto, hubiera organizado una fiesta brutal.

En dicha fiesta, seguramente hubiera violado a mi organismo fumando — por lo menos — treinta y dos cigarros. Bebiendo varios litros de alcohol.

Justificando que fue mi cumpleaños de una manera inteligente.

Tal vez hubiera buscado los aplausos por un buen celular, un buen reloj, un buen carro, una buena camisa.

Sí. Ese tipo de cosas son bonitas. Están bien. Y son bonitas te decía. Pero este año ya no son mi prioridad. Esta vez estoy en busca de otro tipo de aplausos.

Este año fue diferente. Este año celebré nadado.

Te cuento.

Libertad. Contacto con la naturaleza. Vencer tus miedos. Proponerte nuevos retos. Superarte de manera constante. Conocerte a ti mismo.

Esas son las sensaciones que te da nadar en aguas abiertas.

Desde cómo reaccionar a una situación adversa, ante temores, hasta aprender a disfrutar cada brazada en el nado.

¿Te suena?

Exacto. Nada tan alejado de la vida misma.

Uno no puede pretender hacer este tipo de cosas y salir del agua igual. Tal como se entró. No se puede.

Con estas líneas no es para nada mi intención motivarte a nadar. Simplemente comparto mis razones.

Hacer cosas. Aprender. Y difundir el proceso.

Eso es lo que pretendo.

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